Tercer Concurso de
Narración APA Juan Yagüe - Librería Entre Comillas
1er premio modalidad B

Hoy no es un domingo cualquiera, hoy es fiesta grande en
mi ciudad. Día señalado en el calendario y las familias celebran el Domingo de
Resurrección en el campo.
Buenos días, sí, muy buenos días. El tiempo acompaña
le oigo decir a mi madre. Mi abuela se afana en despertarnos a todos. Arriba venga, que
hace un domingo espléndido y hay que coger buen sitio junto al río.
Todos colaboran, unos hacen las tareas de casa, otros
preparan las sartenes, sarmientos, comida, mientras otros cargan los coches.
Parecemos hormigas, cada uno sabe su misión y la cumple
de buen grado, aunque se escape alguna que otra reprimenda cariñosa.
Una vez todo dispuesto, la familia se pone en movimiento.
Son tres vehículos cargados hasta los topes. Cada uno elige su sitio con rapidez, no hay
que perder el tiempo. En marcha.
Como todos los años, mis tíos ya han elegido el sitio.
Una chopera junto al río Ebro. La verdad, un sitio estupendo, con poco peligro. Hasta
podemos chapotear en el agua. Otras familias más madrugadoras ya se han instalado y han
ocupado los mejores sitios junto a la orilla.
Todo es alegría, saludos, presentaciones y multitud de
recuerdos que amenizan la mañana. Yo he tenido hasta suerte. Hay muchos niños de mi edad
y disfruto de la mañana soleada con tiempo libre hasta la hora de comer.
Un pequeño grupo de improvisados amigos hemos decidido
recorrer la chopera y recoger flores silvestres, y en ello pasar la calurosa mañana.

La naturaleza nos muestra sus encantos. Pequeñas flores
acompañadas de algunas mariposas; hormigas atareadas; pájaros volando de un árbol a
otro, yo diría que enfadados por el alboroto; caracoles escondidos entre la hierba verde
huyendo lentamente de nosotros; lagartijas desconfiadas, al sol; ranas croando y pequeños
peces que se escapan entre los dedos, y hasta un cangrejo de afiladas pinzas al que en
vano intentaban coger los chicos en un pequeño riachuelo.

Una hermosa mañana, una lección de "conocimiento
del medio" decía mi padre, recordándome siempre los estudios, ...que pelma
Era todo tan bonito y hermoso que la hora de comer llegó
sin avisar, hasta nos daba pena separarnos cuando nos avisaron nuestros padres. Nos
estábamos divirtiendo tanto que no teníamos hambre, quizás un poco de sed, que una
fuente de agua potable fresquísima nos quitaba con rapidez.
Sí, he dicho divirtiéndonos, sin televisión, sin
vídeo-juegos, sin muñecas ni balones. estábamos en una isla mágica, a la espera de que
aparecieran los duendes, las hadas, los magos y hasta algún que otro troll. De ese casi
sueño nos despertaron los gritos de nuestros padres, unos con más fuerza que otros, era
la hora de comer y posponer nuestras aventuras.
La comida bien, como todas. Bueno, quizás un poco
especial por el lugar; yo creo que hasta tenía un gusto diferente. Mis prisas por acabar
cuanto antes se fueron pasando a medida que pasaba el tiempo.
Serían las tres de la tarde cuando se dio por concluída
la comida, recogimos y, ...sorpresa, cuando me disponía a salir en busca de mis amigos,
una fuerte voz me ordenaba: debes dormir la siesta; a lo que mi abuela se apuntó
inmediatamente. Tras una pequeña discusión, a la que no supieron darme respuesta, ya que
no entiendo porqué mientra ellos jugaban la partida yo tenía que dormir, agaché la
cabeza, me tumbé junto a mi abuela en una manta al pie de un árbol a esperar que pasara
el tiempo de la dichosa siesta. No solo me ocurrió a mí, ya que el resto de mi pequeña
compañía de aventureros se encontraba igual que yo, castigados a dormir por ser
pequeños,... que fastidio.
Estaba yo en este entresueño, cuando observé que una
mariposa movía sus alas indicándome que la siguiera. Miré a un lado y a otro: unos
dormían y otros seguían su partida. Despacio, muy despacio, me libré del abrazo de mi
abuela, me levanté lentamente y seguí a la mariposa. Hubiera deseado llamar a mis
compañeros, pero estos seguían dormidos y daba la sensación de que estaban muy
vigilados. No sin miedo por si me descubrían, y con pasos muy cortos, fui alejándome del
grupo hacia la entrada de la chopera.
No lejos, debajo de un pequeño puente,
donde habíamos visto y oído a las ranas croar y
mis valientes amigos habían intentado coger sin
éxito el cangrejo, se posó la mariposa suavemente sobre una roca bañada por el pequeño
riachuelo. Cuando me acerqué, quedé alucinada: en un pequeño remanso del riachuelo se
habían reunido alrededor de la piedra una rana grande, el cangrejo, varios peces
pequeñitos, la mariposa y un pájaro de muchos colores y pico grande, que seguramente nos
había observado por la mañana sin dejarse ver.

Yo creí que al verme huirían, pero no fue así: se
giraron y me miraron fijamente. Quedé petrificada.
Al ver que sus pequeños ojos me miraban creí de repente
tener miedo, pero en esto, la
lagartija que había pasado desapercibida saltó de la pared a mi hombro, ¡qué susto!, y
me susurró algo que creí entender.
No puedo explicar cómo o cuando empecé a entender lo
que ellos decían, y nunca más he podido volver a entenderlos; era mágico, como en un
cuento de hadas.
Así empezó a croar la rana, que daba la sensación de
ser la más anciana del grupo:
-La madre naturaleza nos ofrece vida, refugio, alimentos,
agua; inunda todo
de color, alegría, belleza y generosidad. Nosotros, aún siendo pequeños,
la respetamos, cuidamos y somos parte de ella, sabemos de su necesidad e importancia.
Cada uno de nosotros cumple su función. Así, las
plantas suministran el aire con que respiramos y muestran generosamente su belleza; los
pájaros trinan en el aire alegrando los oídos, a la vez que cumplen con otras misiones
que la naturaleza les encomienda; los peces, alegres, sacrifican su vida para darnos
alimento y transmitirnos paz; las mariposas, tan bellas y sensibles como la misma
naturaleza... Así todos y cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir y un papel
que desempeñar, independientemente de nuestro tamaño o aspecto, pero todos cumplimos con
el sagrado deber del Creador de respetar el entorno que se nos regaló para usar y
disfrutar de él.
Todos asintieron con la cabeza. Se les notaba tristes y
algo enfadados.
Yo les pregunté: ¿por qué me lo estais diciendo a mí,
si no he hecho nada malo?. A lo que la rana me contestó:
-Vosotros, los niños, poseéisla fuerza que les falta a
los mayores, vosotros todavía nos escucháis y apreciáis lo bueno que hay en la
naturaleza. Por eso tienes la misión de hacerles entender que para los que sean niños
mañana puedan disfrutar de las mariposas, lagartijas, caracoles, pájaros, ranas, flores,
y todo lo que la naturaleza generosamente nos da, debemos cuidar y proteger el medio
ambiente. Para que puedas disfrutar de más días como el de hoy y no se acabe mañana,
deberás cuidar y amar a la naturaleza como se cuidan las cosas más preciadas y se aman
los seres más queridos.
Nosotros hemos visto como se arrojan al río basura y
desperdicios que destruyen todo; en el mueren cada día miles de peces y otras criaturas
que son irremplazables. Hemos visto como se queman los bosques, por descuido o
intencionadamente, muriendo cientos de animales indefensos, perdiendo sus casas, su
familia. Hemos visto cóo s etalan los árboles y se destruyen las plantas y flores,
dejando sin alimento a cientos de seres vivos sin más razón que hacer negocio; y así
podríamos enumerarte catástrofes medioambientales de consecuencias gravísimas para el
futuro de los seres humanos.
Los mares negros, los cielos grises, la tierra quemada;
los animales sufriendo y desapareciendo, todo por el egoísmo de los seres humanos a los
que el Creador otorgó el privilegio de ser el más inteligente de los seres, pero al que
su egoísmo ha convertido en un ser malvado capaz de destruir todo lo que toca.
-Pero yo, ¿qué puedo hacer?.
-Mucho, me respondieron todos a la vez. Mira a tu
alrededor: observa y verás que, en esa botella vacía abandonada, en ese plástico o
papel arrojado al suelo, en las cenizas mal apagadas, en los restos de comida esparcidos,
en todos esos pequeños detalles está presente la mano del hombre, y todo ello contribuye
a matar la naturaleza. Por eso te pedimos que nos ayudes a que hoy sea un bonito día de
fiesta también para nosotros.
-Sí, creo que os he entendido, y gracias por haberme
enseñado cual es mi obligación. Gracias de corazón, mis pequeños amigos.
En esto que un beso y un susurro en el oído me
despertó.
-Oh, no, era un sueño.
-¿Qué dices?,- me preguntó mi madre.
-No, nada, cosas mías,- le contesté, desperezándome.
-Pues despídete de tus amigos, que nos vamos ya para
casa,- me indicó mi padre.
Cuando me acercaba al resto de mis amigos, iba pensando
en el sueño, si debía o no contárselo, pero pensé que se iban a burlar y no me
creerían.
En estas, tropecé con una rana y, al levantarme, ví de
nuevo al caracol y a la mariposa, y creí -o serían imaginaciones mías- verles llorando.
Entonces me di cuenta, sueño o no, que la rana tenía razón. Reuní a los amigos y les
dije:
-Tenemos que limpiar lo que hemos manchado para que,
cuando volvamos el año que viene, podamos disfrutar igual que hoy. Nos miramos y, sin
mediar
más palabras, nos pusimos a
recoger los papeles, latas, botellas, plásticos, etc... acaso, todos habíamos tenido el
mismo sueño.
Alguno de los mayores, afanado en cargar los coches,
preguntó: ¿qué estais haciendo?; y como una sola voz respondimos: recogemos los
desperdicios que hemos dejado abandonados. De repente, como si un sentido de vergüenza
les invadiera, todos, absolutamente todos, nos ayudaron. Recogimos en bolsas todas las
sobras y desperdicios, cada familia las suyas. Valiéndose de bolsas vacías, incluso
utilizando las cazuelas, las guardamos en los coches para posteriormente arrojarlas a los
contenedores.
Lentamente, y según nos alejábamos de ese pequeño
paraíso, reconozco que miraba hacia atrás, esperando encontrar a mis pequeños amigos
saludándome; no fué así, pero yo sé que ellos estaban allí guardando y cuidando de la
chopera para cuando alguien la necesite y quiera disfrutar de ella.
Sí, amigos, sí que fué un domingo especial: hice
nuevos amigos, comprobé lo hermosa que es la naturaleza y lo necesario que es cuidarla,
porque cuidándola nos cuidamos a nosotros -cuesta tan poco conservarla...- y, sobre todo,
aprendí que los niños somos los mejores aliados de la naturaleza y el entorno y que
debemos mostrar el camino a los mayores para la preservación del medio ambiente.
Yolanda Magreñán Ruiz
6º de Primaria