|
La educación que queremos no se reduce a unos programas de
estudio ni a una amplia red de centros de enseñanza. Su extensión a más estudiantes, a
toda la población en edad escolar y durante más años, es un hecho tan positivo como por
sí solo insuficiente. Una educación que se confunde con las enseñanzas que se imparten,
las normas que las regulan, los presupuestos que se destinan o los profesionales que las
atienden, es una educación descafeinada, a la que le falta el aliento de la sociedad que
la sustenta y recibe.
Hay que celebrar, por ello, la polémica suscitada por la enseñanza de las
humanidades. Ha tenido la virtud, en cualquier caso, de despertar una vez más el interés
por la educación. Y en esta ocasión, y esto es lo novedoso e importante, más allá de
los aspectos utilitarios y convocando a más voces de las directamente afectadas. Se ha
discutido por los valores y conocimientos que deben cultivarse en el cada vez más extenso
ciclo de la educación formal.
Ha interesado tanto porque ésa es una gran cuestión: la búsqueda y formulación de
la paideia actual, por expresarlo con la denominación que dieron los griegos al conjunto
de ideales de su sociedad -de belleza, sabiduría y convivencia-, que a la vez eran las
pautas que habría que transmitir en la formación de los jóvenes.
La educación que queremos
requiere líneas maestras trazadas por los intelectuales y es imprescindible que sea
elaborada por los profesores y sentida y valorada por los ciudadanos. Ante el peso de la
complejidad de los sistemas educativos y, sobre todo, la formidable mutación que este fin
de milenio está produciendo en la sociedad y en la cultura, la educación formal vive una
larga crisis.
En este ciclo de conferencias, intelectuales que han escrito páginas brillantes y
lúcidas sobre estos temas, contribuirán a la reflexión sobre qué humanismo debe
inspirar nuestra educación, cómo cultivar la humanidad desde las aulas.
PRIMER CICLO DE
CONFERENCIAS
Otoño 1998
|