Antonio Muñoz Molina
No creo que pueda avanzarse mucho en la reflexión sobre el lugar de la literatura y de
la palabra escrita en la enseñanza si no se revisa la absurda y rígida distancia que ha
venido estableciéndose en España entre lo que se llama educación y lo que se llama
cultura. Los escritores muertos o momificados por la gloria pertenecerían, para
entendernos, al reino de la educación, y los vivos al de la cultura, lo cual no debe de
estar muy lejos de aquel siniestro refrán del muerto al hoyo y el vivo al bollo. El
muerto al hoyo de los manuales, de los apuntes y de los comentarios de texto, y el vivo al
bollo precario, pero en ocasiones sustancioso, de las conferencias de postín y de los
premios y los convites oficiales. ¿No hubo, hasta hace un par de años, un Ministerio de
Educación y otro de Cultura? Y aun cuando ahora están juntos, ¿alguien se ha parado a
pensar si hay alguna relación entre lo que hace la parte educativa del ministerio bífido
y lo que hace su lado cultural, o lo que queda de cualquiera de los dos después de los
traspasos a las autonomías?
Para ahondar más las diferencias, debe anotarse que la Cultura es el campo del
prestigio, mientras que la Educación apenas ocupa páginas de verdadera relevancia en los
periódicos, ni es motivo, en general, de la atención sincera y preocupada de los que se
dedican al periodismo, y casi tampoco de los que se dedican a la política, incluso a la
política educativa. Cuando un asunto relacionado con la enseñanza provoca titulares es
infaliblemente porque está siendo usado como pretexto para alguna reyerta partidista. Se
oculta así, por una mezcla de intereses y de falta de interés, lo que cualquier profesor
y cualquier padre saben y sufren, que la educación, sobre todo la pública, está
sometida a una degradación y un descrédito cada vez mayores, padecidos en la misma
medida por quienes la imparten y por quienes deberían ser sus beneficiarios.
La cultura es un escaparate y una coartada, en ocasiones de lujo, sobre todo para los
gerifaltes de las satrapías autonómicas y municipales que gastan sin el menor escrúpulo
de responsabilidad presupuestaria. La educación es un oficio que ha sido despojado en los
últimos años de toda su dignidad pública y de gran parte de su legitimidad moral. Para
alcanzar la categoría de lo culto no es necesario saber, sino estar al día. Más que el
maestro ilustrado y perseverante importa el nebuloso gestor de actos culturales, el
intermediario que seguramente no sabe hacer de verdad nada, pero que se las sabe todas, y
por lo tanto puede ofrecer al político lo que éste más aprecia y exige, un brillo de
modernidad inatacable, un titular de periódico o unos segundos en la televisión.
Los planes de estudio y las temibles reformas educativas, que tienen la infatigable
virtud de empeorar todo desastre, por definitivo que éste pareciera, marginan cada vez
más no ya a los saberes humanísticos, como piensan algunos inocentes, sino a todos los
saberes por igual: pero al mismo tiempo que el poder político perpetra lo que alguna vez
he llamado la exaltación de la ignorancia, se inviste de cualquier manera y a cualquier
precio de los oropeles más lujosos de la cultura. Pondré un ejemplo que me parece de una
claridad aleccionadora. Hace unos años se celebró en Madrid una magnífica exposición
de Velázquez, con motivo del tercer centenario de su muerte, a la que acudieron no sé
cuántos cientos de miles de alumnos de enseñanza primaria y de institutos de
bachillerato. En apariencia era una oportunidad de encuentro entre esos dos ámbitos
ajenos entre sí de la educación y la cultura. Pero, dejando a un lado que la mayor parte
de los cuadros pueden verse a diario en el Prado, y que las colas y las multitudes
difícilmente permitían la contemplación de tantas obras maestras, cabe preguntarse con
tranquilidad en qué medida estaban adiestrados la mayor parte de los alumnos para mirar y
entender la pintura. Si desde los primeros años de la escuela no se han desarrollado en
ellos sus habilidades casi innatas para el dibujo y la valoración del color; si en los
planes de estudio la Historia de España, por no decir la Historia Universal, ha sido
resumida en un vago híbrido que antes de la última reforma se llamaba ciencias sociales,
cuando no en la historia (falsificada) de su comunidad autónoma o su comarca; si apenas
han tenido ocasión de saber cuál es el pasado real del país donde viven y de conocer y
gozar la literatura del tiempo en que vivió Velázquez; si es posible que muchos de
ellos, por no saber, no sepan escribir correctamente ese nombre ni ponerle el acento,
¿cómo podrían juzgar y disfrutar esa pintura y mirar esos rostros que para ellos
proceden de un mundo tan remoto como el planeta Saturno? Pero ya dije que no se trata de
saber, sino de estar al día, y para estar al día no hay que estudiar ni entender a
Velázquez, o a Goya, o a los pintores y arquitectos del tiempo de Felipe II cuyas obras
se están recordando ahora en El Escorial: basta con haber estado en una exposición, con
haber participado siquiera como figurantes en el espectáculo de la cultura.
Añadiré un segundo ejemplo, que se repite con mucha frecuencia. A un concierto de
música clásica asiste un grupo de alumnos de ESO o Bachillerato, generalmente inducidos
por un profesor voluntarioso y heroico que los acompaña fuera de su horario de trabajo
sin recibir compensación alguna. Empieza el concierto y al cabo de unos minutos los
chicos se impacientan, tosen, se aburren, aplauden a destiempo, provocan miradas de
disgusto de los acomodadores y de los entendidos. Es inútil llevarlos a esos sitios,
dirán, porque no entienden de música, porque ni les interesa ni tienen curiosidad.
Invadido por los bárbaros el reino de la cultura, sin más remedio hay que devolverlos al
gueto de la educación. Y con una estupidez muchas veces aliada al cinismo, al repudio le
sucede el lamento: la gente no tiene oído, la televisión y los deportes los han
embrutecido, se organizan exposiciones que permanecen desiertas y conciertos a los que no
acude casi nadie, se publican libros y casi no se venden ni se leen más que los éxitos
más zafios, nuestros índices de lectura son, y aquí viene la repulsiva y extendida
palabra, tercermundistas. Y aceptado este hecho sin molestarse en indagar las razones, se
acentúa sin embargo el carnaval de la alta cultura y se abandona a su suerte a quienes
viven extramuros de ella, los que nunca amarán la ópera ni leerán a Joyce ni merecerán
comprender la pintura moderna.
Los escritores se lamentan de la falta de lectores, los concejales de cultura
comprueban con resignación que sus salas de conferencias tienden a permanecer vacías, a
no ser que exhiban en ellas a algún figurón del espectáculo de la cultura, o de la
cultura del espectáculo. Pero nadie parece darse cuenta de que la razón principal para
que no exista esa asidua multitud que llamamos el público está en el gran foso abierto
entre la educación y la cultura, entre el saber y el estar al día, entre el trabajo
lento, disciplinado, y fértil sólo a largo plazo, y la pirueta instantánea concebida
para recibir al día siguiente el halago de un titular y condenada a extinguirse sin dejar
ni un rastro de ceniza.
Con alguna frecuencia, por un impulso residual de militancia que me queda de los
tiempos en que estaba convencido de que la voluntad libre y la solidaridad de los hombres
podían hacer más habitable el mundo, voy a dar conferencias a institutos de
bachillerato, y siempre compruebo, con tanto entusiasmo como melancolía, una doble
verdad. Primero, que en esas aulas está el mejor público que puede desear un escritor,
el más receptivo, el más limpio de vanidad y de prejuicios; segundo, que hay muy pocas
cosas tan hirientes como el contraste entre el dispendio ilimitado de las ceremonias
culturales organizadas por cualquier ayuntamiento, diputación o comunidad autónoma, y la
penuria absoluta en la que casi siempre se desenvuelven los centros públicos de
enseñanza. Pero ya saben que el nuestro es un país en el que al mismo tiempo que se
celebran conciertos de las mejores orquestas del mundo, muchos de sus conservatorios de
música se encuentran en condiciones nigerianas, y donde las administraciones públicas se
gastan en canales de televisión consagrados a emitir basura comercial e ideológica el
dinero que luego escatiman en bibliotecas o en plazas de profesores.
Se preguntarán por qué todavía casi no he hablado de literatura. Pero lo cierto es
que desde el principio no he dejado de hacerlo, pues no es posible reflexionar sobre el
sentido de la literatura sin establecer las condiciones precisas en las que se produce y
las relaciones entre el acto de escribir y el acto de leer, entre la solitaria invención
de un libro y la reinvención simétrica que a su vez lleva a cabo el lector, ese
personaje desconocido, imprevisible y con mucha frecuencia inexistente. Si la literatura,
como tiende a creerse ahora, es un adorno, un fetiche de prestigio para pavonearse ante
los ojos embobados de la tribu, si es una materia fósil y apartada de la vida que sólo
puede interesar a los eruditos universitarios, entonces tienen razón quienes la desdeñan
y quienes la eliminan poco a poco de los planes de estudio, y también tiene razón esa
mayoría abrumadora del público que jamás se interesa ni se interesará por ella.
Si la literatura es superflua, es decir, si no es útil para vivir y no alude a
honduras fundamentales de la experiencia humana, lo mismo los escritores que los
profesores, que nos ganamos la vida gracias a ella, tendremos razón si nos sentimos
impostores, y si en rachas de desaliento pensamos que carece de sentido dedicarse a un
oficio que no le importa a nadie más que a nosotros. Recuerdo que cuando yo estudiaba lo
que hace cerca de treinta años era sexto de bachillerato, la clase de literatura
consistía en una ceremonia entre tediosa y macabra. Un profesor de cara avinagrada subía
cansinamente a la tarima con una carpeta bajo el brazo, tomaba asiento con lentitud y
desgana, abría la carpeta y comenzaba a dictarnos una retahíla de fechas de nacimientos
y muertes, títulos de obras, y características de diversa índole que era preciso copiar
al pie de la letra, porque en el caso de que no supiéramos el año de la muerte de
Calderón de la Barca o las cinco o seis características del Romanticismo corríamos el
peligro de suspender el examen. Afortunadamente para mí, a esa edad yo ya era un adicto
irremediable a la literatura y había tenido ocasiones espléndidas de disfrutarla, pero
comprendo que para la mayor parte de mis compañeros de clase, cuyas únicas noticias
sobre la materia eran las que les daba aquel lúgubre profesor, la literatura sería ya
para siempre ajena y odiosa. Y del mismo modo que la educación religiosa del franquismo
fue una espléndida cantera de librepensadores precoces, la educación literaria era, y en
ocasiones sigue siendo, una manera rápida y barata de lograr que los adolescentes se
mantuvieran obstinadamente alejados de los libros.
A nadie le interesa aprender cosas inútiles. Desde que nacemos nuestros aprendizajes
están ligados a nuestro instinto de supervivencia y a nuestra necesidad de comprender el
mundo y hacernos una idea razonable de nuestra posición en él. Queremos saber lo que nos
resulta necesario, y buscamos fuera de nosotros lo que existe como un esbozo o una
intuición dentro de nosotros mismos. Por eso sólo amaremos los libros si nos damos
cuenta de que nos son útiles y de que pertenecen al reino de nuestra propia vida. Leer no
es hacer méritos para aprobar un examen ni para demostrar que se está al día. Un libro
no se debería adquirir por las mismas razones por las que se compra el temario de una
oposición o una camisa de moda. Un libro verdadero -porque también hay libros
impostores- es algo tan material y necesario como una barra de pan o un vaso de agua. Como
el agua y el pan, como la amistad y el amor, la literatura es un atributo de la vida y un
instrumento de la inteligencia, de la razón y de la felicidad. Pero no hay que culpar a
la mayor parte de los posibles lectores de que no lo sepan. Tampoco parecen saberlo muchos
escritores, o si lo saben guardan el secreto.
Un amigo mío que se dedica a enseñarla dice que la literatura no es cultura, sino
algo más serio y más elemental. La literatura, su médula, es una consecuencia del
instinto de la imaginación, que opera con plenitud en la infancia y que poco a poco suele
ir atrofiándose, como todo órgano que se deja de usar. De mayores nuestra imaginación
se mueve con tanta torpeza como nuestra mano izquierda, y ya no sabemos recordar que hubo
un tiempo en que el juego y la fábula eran en nosotros no una manera desmañada de huir
de la realidad cuando tenemos tiempo o ganas o cuando nos dejan, sino la forma soberana
del conocimiento. Mediante el juego aprendíamos las normas y las leyes del mundo, igual
que los griegos del tiempo de Hesíodo se familiarizaban con ellas mediante la poesía.
Nuestra imaginación se apoderaba de las cosas, transmutando su realidad ostensible en una
apariencia maleable que obedecía a nuestros deseos. Lo que para los mayores era siempre
un desván o un jardín también era desván y jardín para nosotros, pero teníamos la
potestad de convertirlos en gruta y en selva. Nuestro padre, que según luego descubrimos
con cierta decepción es un hombre común, entonces era un héroe o un gigante bondadoso o
temible. El tiempo, ahora tan fugitivo, tan cuadriculado en horas y minutos, era tan vasto
entonces como el tamaño que tienen en el recuerdo las habitaciones del pasado. Para los
griegos, los versos de Hesíodo y de Homero eran la expresión más detallada y fidedigna
de las leyes de la naturaleza y de la memoria antigua de los héroes y los dioses. Del
mismo modo, en esa edad de oro de nuestra primera infancia, placer y aprendizaje, juego y
verdad, imaginación y descubrimiento, eran sinónimos. Como para los pueblos primitivos,
nuestra forma de conocimiento era la mitología. El papel que ésta ocupa en la memoria y
en la vida cotidiana de una tribu amazónica lo ocupaban los cuentos en nuestra infancia.
A medida que crecemos y que se nos empieza a adiestrar para el trabajo, para la
mansedumbre y la desdicha, el hábito de la imaginación se vuelve incómodo o peligroso,
y desde luego inútil, y sin darnos cuenta lo vamos perdiendo, no porque éste sea un
proceso tan natural como el del cambio de voz, sino porque hay una determinada presión
social para que nos convirtamos no en individuos sanos, felices y autónomos, sino en
súbditos dóciles, en empleados productivos, en lo que antes se llamaba hombres de
provecho. Se rompe entonces lo que al principio estuvo unido, se trazan fronteras
rigurosas que seguramente ya no sabremos romper, y el juego, la fábula, la imaginación,
quedan despojados de su soberanía y convertidos en proscritos, o lo que es peor, en
bufones, como esos jefes indios que después de la rendición de sus tribus lanzaban sus
gritos de guerra y se pintaban la cara no para cabalgar con libertad y orgullo por
praderas sin límite, sino para actuar de comparsas en el circo de Buffalo Bill.
Pero la imaginación es muy fuerte y tarda en ser vencida. Yo creo que el período de
nuestras vidas en que se libra la batalla más difícil, que resulta también ser la
definitiva, transcurre al final de la infancia y en la adolescencia, y no es casual que
sea en ese tiempo cuando nos aficionamos a la literatura y a la rebeldía y cuando se
decide inapelablemente nuestro porvenir. Es entonces cuando los libros, si nos hemos
educado para acercarnos a ellos, nos importan más, porque intuimos que ocupan un lugar
estratégico en la disputa, con frecuencia desconcertada y amarga, entre la realidad y el
deseo, que por desgracia ya no son evidencias idénticas. Estoy convencido de que el
escritor lo es en la medida en que al crecer ha seguido guardando dentro de sí el fuego
sagrado de la imaginación, el impulso antiguo y nunca desfallecido por interpretar el
mundo no sólo o no exclusivamente mediante el análisis, sino mediante la narración y la
fábula, y de suspender de vez en cuando las leyes inflexibles de la evidencia para mirar
al otro lado y descubrir lo que las apariencias aceptadas ocultan.
Pero hay veces en que la literatura, fingiendo ser leal a la imaginación y a sus
severas responsabilidades -pues no hay responsabilidad mayor que la de conocer el mundo y
averiguar qué lugar ocupa en él nuestra propia vida, y qué es el valor de nuestros
actos- en realidad se ha convertido en criada, y emplea la ficción no para expresar una
verdad que sólo a través de ella puede decirse, sino para mentir. Entonces la literatura
establece un juego que es profundamente tramposo, porque para lo que sirve es para
enajenarnos de la verdadera vida, para no dejarnos distinguir entre los fantasmas y los
seres reales, entre las voces y los ecos. Los juegos y los cuentos nos enseñaban a vivir,
igual que los mejores libros. Esa literatura farisea contra la que yo quisiera estar
siempre en guardia a lo único que nos enseña es a permanecer encerrados, a desconfiar de
la vida, incluso a desdeñarla. La literatura que importa, ya lo dije, es como el agua y
el pan, y su lectura nos contagia el vigor tan necesario de la lucidez y el vitalismo. La
literatura de simulacros es como un narcótico que nos induce a la pasividad de los
fumadores de opio. Comprenderán que ésta sea la más celebrada. Comprenderán también
que desde mi punto de vista la tarea del que se dedica a introducir a los niños y a los
jóvenes en el reino de los libros es la de enseñarles que éstos no son monumentos
intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de los seres humanos,
palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden darnos aliento en la
adversidad y entusiasmo o fortaleza en la desgracia. Decía Ortega y Gasset que los
grandes escritores nos plagian, porque al leerlos descubrimos que están contándonos
nuestros propios sentimientos, pensando ideas que nosotros mismos estábamos a punto de
pensar. En este sentido, yo no creo que el escritor sea alguien aislado de los otros y
singularizado por el genio o el talento. El escritor, más bien, sería el que más se
parece a cualquiera, porque es aquél que sabe introducirse en la vida de cualquier hombre
y contarla como si la viviera tan intensamente como vive su vida misma.
La literatura, pues, no es aquel catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres
con que nos laceraba mi profesor de sexto, sino un tesoro infinito de sensaciones, de
experiencias y de vidas que están a nuestra disposición igual que lo estaban a la de
Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso. Gracias a los libros nuestro
espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de manera que podemos vivir
a la vez en nuestra propia habitación y en las playas de Troya, en la calles de Nueva
York y en las llanuras heladas del Polo Norte, y podemos conocer a amigos tan fieles y tan
íntimos como los que no siempre tenemos a nuestro lado, pero que vivieron hace cincuenta
años o cinco siglos. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y mucho más
lejos del alcance de nuestra mirada y de nuestra experiencia. Es una ventana y también es
un espejo. Quiero decir: es necesaria. Algunos la consideran un lujo. En todo caso, es un
lujo de primera necesidad.
Pero que sea necesaria, que responda a un impulso que late en cada uno de nosotros, que
se parezca al juego y al sueño, no quiere decir que sea un tesoro puesto al alcance de la
mano, que cualquiera pueda sin esfuerzo escribirla y leerla. Cunde desde hace ya
demasiados años la superstición irresponsable de que el empeño, la tenacidad, la
disciplina, la memoria, no sirven para nada, y de que cualquiera puede hacer cualquier
cosa a su antojo. Eso que llaman lo lúdico se ha convertido en una categoría sagrada:
del aula como lugar de suplicio que aún llegamos a conocer los de mi edad se ha pasado a
la idea del aula como permanente guardería, lo cual es una actitud igual de estéril,
aunque mucho más engañosa, porque tiene la etiqueta de la renovación pedagógica. Un
síntoma de esa tendencia a la pereza y a la falta absoluta de rigor es una mediocre
película que estuvo de moda hace unos años, y que ganó todos los oscars posibles. Me
refiero a Amadeus, de Milos Forman. En ella se nos presenta a Mozart como un joven cretino
al que el genio le ha sido conferido por una especie de capricho de Dios. Salieri, que es
estudioso, perseverante, concienzudo, resulta ser un fracasado. Mozart, un idiota que no
para de reír y de emborracharse y que lleva la peluca torcida se sienta de pronto al
clave y compone una música milagrosa. El genio, según esta película, y según la
creencia que parece imponerse ahora, no requiere trabajo ni disciplina, sino nada más que
espontaneidad, juventud y descaro. Pero todos sabemos, aunque de vez en cuando se nos
olvide, que las cosas que más instintivamente llevamos a cabo, las que nos parece que nos
salen sin esfuerzo, han requerido un aprendizaje muy lento y muy difícil, y que la
lentitud y la dificultad nos han templado mientras aprendíamos. Hablamos con naturalidad
nuestro idioma, y se nos olvida los años que nos costó aprenderlo. Caminamos sin
dificultad y sin ser conscientes de nuestros pasos, pero hizo falta que nos cayéramos
muchas veces y que venciéramos el miedo y el vértigo para que pudiéramos andar erguidos
por primera vez. Los mayores logros del arte, de la música, de la literatura, del
deporte, tienen en común una apariencia singular de facilidad. Pero a ese atleta que en
menos de diez segundos corre cien metros ese instante único le ha costado años de
entrenamiento, y ese músico que toca delante de nosotros sin mirar la partitura y ese
aficionado que se la sabe de memoria y goza de cada instante de la música han pasado
horas innumerables consagrados al estudio de aquello que más aman, negándose al
desaliento y a la facilidad. Se nos educa -cuando se nos educa, cosa cada vez menos
frecuente- para disciplinarnos en nuestros deberes, pero no en nuestros placeres y en
nuestras mejores aptitudes, y por eso nos cuesta tanto trabajo ser felices.
Aprender a escribir libros es una tarea muy larga, un placer extraordinariamente
laborioso que no se le regala a nadie. Lo que se llama la inspiración, la fluidez de la
escritura, la sensación de que uno no arranca las palabras del papel, sino que ellas van
por delante señalando el camino, sólo llega, si llega, después de mucho tiempo de
dedicación disciplinada y entusiasta. Esos genios de la novela que andan a todas horas
por los bares son genios de la botella más que de la literatura. Y aprender a leer los
libros y a gozarlos también es una tarea que requiere un esfuerzo largo y gradual, lleno
de entrega y de paciencia, y también de humildad. Pero ya decía Lezama Lima que sólo lo
difícil es estimulante. Ya sé que todo esto que digo suena a herejía en estos tiempos,
y que todo aquel que, en el oficio de los profesores o en el de los escritores, defienda
tales convicciones corre un serio peligro de ser calificado de extravagante, incluso de
reaccionario. Pero también sé que frente a la mansedumbre, a la vulgaridad y a la
irracionalidad que quieren ahogarnos, la imaginación, la libertad y el pensamiento son
las armas más nobles de las que disponemos, y que tampoco pasa nada por predicar en el
desierto. La mayor parte de las cosas que nos parecen ahora naturales -el sufragio
universal, la libertad de expresión, la jornada de ocho horas, la igualdad de hombres y
mujeres fueron durante siglos sueños imposibles, ocurrencias disparatadas que despertaban
el escarnio de los más sensatos. Parece imposible que la gente se olvide un poco de la
televisión para consagrarse a la literatura, y que en las escuelas exista de verdad la
posibilidad de que profesores y alumnos compartan la experiencia del aprendizaje de la
imaginación y de la racionalidad, que son también virtudes cívicas, pero vale la pena
la temeridad de intentarlo. Porque la literatura no está sólo en los libros, y menos
aún en los grandilocuentes actos culturales, en las conversaciones chismosas de los
literatos o en los suplementos literarios de los periódicos. Donde está y donde importa
la literatura es en esa habitación cerrada donde alguien escribe a solas a altas horas de
la noche, o en el dormitorio donde un padre le cuenta un cuento a su hijo, que tal vez
dentro de unos años se desvelará leyendo un tebeo, y luego una novela. Uno de los
lugares donde más intensamente sucede la literatura es un aula donde un profesor sin más
ayuda que su entusiasmo y su coraje le transmite a uno solo de sus alumnos el amor por los
libros, el gusto por la razón en vez de por la brutalidad, la conciencia de que el mundo
es más grande y más valioso de todo lo que puede sugerirle la imaginación. La
enseñanza de la literatura sirve para algo más que para descubrirnos lo que otros han
escrito y es admirable: también para que nosotros mismos aprendamos a expresarnos
mediante ese signo supremo de nuestra condición humana, la palabra inteligible, la
palabra que significa y nombra y explica, no la que niega y oscurece, no la que siembra la
mentira, la oscuridad y el odio.