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Ideas para un plan de estudios básico
GABRIEL JACKSON
En el transcurso de mis siete décadas y media en la tierra he acumulado una
experiencia considerablemente amplia como profesor, principalmente de historia y de letras
en los niveles secundario y universitario. Pero también he enseñado a leer mapas en el
Ejército, flauta y música de cámara a aficionados de todas las edades, iniciación al
español a alumnos de secundaria e inglés básico a soldados estadounidenses que no
llegaron más allá de cuarto de primaria. En el último año también he seguido, aunque
no con gran detalle, las discusiones académicas relativas a la revisión de la educación
secundaria y de humanidades en España. Con el riesgo de herir los sentimientos de mucha
gente anónima y confesando de antemano que no tengo experiencia con el sistema español,
excepto como miembro de jurados doctorales, me gustaría ofrecer mis puntos de vista
respecto a un plan de estudios básico.
En primer lugar, me gustaría plantear dos preguntas. ¿Qué es lo que más necesita
saber una persona para moverse con mediano éxito en una sociedad altamente técnica y en
constante cambio? ¿Y de qué manera puede un sistema educativo ayudar más a la gente a
aprender a disfrutar de la vida, a compartir aficiones y un entendimiento espiritual con
los demás seres humanos con quienes entabla relación? En un programa de estudios básico
no me preocupa lo que se requiere para llegar a ser un astrofísico o un virtuoso del
piano, un filólogo especializado en las lenguas romance o un antropólogo del sur del
Pacífico. Ésa es la tarea de las universidades, los conservatorios y las fundaciones
especializadas, no de los colegios de enseñanza primaria y secundaria a los que asiste
toda la población.
A mí me parece que está fuera de
toda cuestión que los idiomas y las matemáticas son los instrumentos básicos a través
de los cuales aprendemos muchas otras materias específicas. Por consiguiente, la primera
prioridad debe ser el idioma o idiomas nativos de cada uno. Utilizo el plural para indicar
el catalán y el español, el euskera y el español, el gallego y el español, o
cualquiera que sea el caso. La afirmación de la identidad cultural a través del idioma
es y seguirá siendo un elemento importante de la dignidad humana, pero al mismo tiempo
sería totalmente contraproducente educar a los niños sólo en el idioma local.
También me parece incontestable que, más allá de los idiomas peninsulares, la
siguiente prioridad debería ser el inglés. Es bastante posible que dentro de un siglo el
inglés no siga teniendo la importancia que tiene hoy en todo el mundo. Pero en el
transcurso de la vida de los que hoy inician su educación, sin duda va a ser el vehículo
más importante de la comunicación científica, diplomática y comercial.
En la actualidad, y en un futuro previsible, las matemáticas son un grupo de
"lenguajes" en constante expansión. Naturalmente, la aritmética siempre ha
hecho falta para todo tipo de transacciones cuantitativas, independientemente de que uno
cambie dinero, cargue carbón, cuente cosas o personas. Las matemáticas más abstractas
siempre han sido necesarias para el estudio de la física y la astronomía, y casi todo el
álgebra, geometría y cálculo que uno aprende durante la enseñanza secundaria se ha
desarrollado como el "lenguaje" de esas ciencias.
Pero a lo largo del pasado siglo
las matemáticas se han ido aplicando cada vez más a las ciencias químicas, las
biológicas y las "ciencias naturales" en general; también a muchos aspectos de
la lingüística, las ciencias económicas y la sociología, donde la estadística, las
proporciones, las secuencias complejas y las probabilidades son cada vez más importantes.
Por consiguiente, si uno espera comprender, aunque no sea más que en parte, el universo
natural y el estudio científico del hombre, así como la utilización de ese universo, es
esencial un cierto grado de instrucción en matemáticas. Pero en un plan de estudios
básico, para todas las personas, y no fundamentalmente para futuros científicos, las
prioridades deberían ser la aritmética, la lectura de gráficos y la estadística
simple, a fin de que la gente pueda llevar el saldo de sus talonarios y entender el
comportamiento tanto estadístico como individual. También debería incluir una discreta
introducción al álgebra para poder desarrollar el pensamiento y el razonamiento
abstracto.
Más allá del área de los idiomas y las matemáticas, todo el mundo debería tener un
conocimiento suficientemente amplio de la historia ibérica desde finales de la Edad
Media. A partir del año 1250 más o menos, ya se pueden reconocer las principales
instituciones, métodos agrícolas y artesanos, clases sociales, fronteras lingüísticas
y compromisos religiosos e ideológicos que han sido específicos de la España moderna
con su combinación de nacionalidades interrelacionadas.
También sería altamente deseable tener algún conocimiento de la geografía y la
historia mundiales desde la era de la Ilustración y la Revolución Francesa. La
ideología y la política de aquella época dieron lugar a las instituciones políticas y
económicas de la clase media, a la clase trabajadora industrial y a los sindicatos, que
han sido esenciales para todo el mundo occidental y que también han tenido una enorme
influencia en los movimientos de liberación del siglo XX y en el desarrollo de los mundos
africano y asiático. Para ser un ciudadano inteligente no es necesario retroceder hasta
los imperios antiguos y las migraciones indoeuropeas. Los últimos 500 o 600 años de la
experiencia nacional (además de la de nuestro vecino inmediato, Portugal) y los dos
últimos siglos de la experiencia mundial son los materiales básicos necesarios para que
un español sin especialización viva en el mundo contemporáneo.
Los párrafos anteriores se refieren a mi primera pregunta: lo que necesitamos saber.
En cuanto a la segunda pregunta, cómo capacitar a la gente para que disfrute de la vida,
un plan de estudios básico debe conceder tiempo al estudio de las artes y las humanidades
y recompensarlo por igual. Los alumnos deben adquirir conocimientos sobre literatura,
filosofía, música, pintura, escultura, danza, y estudiar al menos una de estas materias
en serio durante un periodo de cuatro o cinco años. Debería seguirse una política
similar en lo que respecta a las ciencias: primero, visitas a museos, excursiones,
películas, etcétera, para familiarizarles con las diferentes ciencias exactas, y en los
años posteriores concentrarse en una o dos de ellas, dependiendo de los gustos, aptitudes
y ambiciones profesionales del individuo.
Como habrá notado cualquier lector concienzudo, no he incluido el latín o el griego,
ni la historia del arte y de la música, ni las ciencias sociales. En lo que respecta a
las lenguas antiguas, no hay ninguna evidencia real de que el latín o el griego sean
necesarios, como se alega a menudo, para entender la gramática. El estudio de cualquier
idioma extranjero hace que el alumno discierna las estructuras gramaticales que asimiló
instintivamente con su lengua nativa. En cuanto a la historia del arte, formará
naturalmente parte de cualquier estudio avanzado, pero en un plan de estudios básico, con
el tiempo limitado y muchas materias que enseñar, la práctica de las artes es lo que
desarrolla la capacidad emocional y expresiva, que a su vez contribuye al disfrute de la
vida. Y por lo que respecta a las ciencias sociales, éstas también corresponden más
bien a la educación avanzada, dependiendo de las aptitudes analíticas y matemáticas y
de la correspondiente trayectoria profesional.
Por último, suplico a los que toman las decisiones que no politiqueen con el plan de
estudios básico. Hay una historia ibérica compartida en la que se puede apreciar tanto
la relación cooperativa como la competitiva entre las regiones y las nacionalidades.
Sería destructivo en su sentido más literal exigir una versión diferente para cada una
de las 17 autonomías.
Gabriel Jackson es historiador.
EL PAÍS, 02/07/98
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