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La lectura en la educación infantil
Isabel Solé
En las postrimerías del curso pasado, los medios de comunicación dieron cuenta de
unas declaraciones de la ministra de Educación en las que se deslizaron unas palabras de
singular trascendencia. Aunque no puedo reproducirlas literalmente, de ellas se
desprendía la voluntad de que las niñas y niños aprendan a leer en el último curso de
la etapa de educación infantil (5/6 años). Sin perjuicio de cuáles sean las intenciones
últimas que se esconden tras estas palabras pues, a pesar de su aparente claridad,
pueden ser interpretadas en sentidos muy diversos-, el hecho mismo de que Pilar del
castillo realice estas manifestaciones ofrece un magnífico pretexto para ocuparse de un
tema serio y complejo que con demasiada frecuencia se aborda con preocupante frivolidad.
La formación de lectores y escritores es una finalidad social que atañe a todas las
etapas educativas y, en un sentido amplio, a la sociedad en su conjunto. El acceso a la
información y el conocimiento requiere saber leer y escribir y utilizar estas
herramientas constitutivas de nuestra cultura para aprender. Además, mediante la lectura
nos evadimos, llenamos nuestro tiempo de ocio, viajamos a mundos reales e imaginarios. En
definitiva, nos haceos con una amiga fiel y discreta, que nos acompaña a lo largo de toda
la vida. Desde muy pequeños, los niños y niñas que viven en sociedades experimentan una
interacción inespecífica con la escritura, pues ésta se encuentra presente de diversas
formas en sus contextos de vida (en los envoltorios de productos habituales, en las
indicaciones de las medicinas, en las instrucciones de los juegos, en el supermercado, en
los rótulos de las calles, en los diarios y libros)- algunos desde luego, no todos-
viven en familias en las que lo escrito forma parte de lo cotidiano.
Los niños, como sus familias, son
diferentes; los sentimientos, experiencias y conocimientos que aportan a la escuela
varían de uno a otro. Corresponde a la escuela sistematizar un conjunto de experiencias
para que todos encuentren los motivos, los retos y las ayudas para aprender. En lo que
concierne a la lectura, tomar conciencia de esta diversidad cuestiona la confortable pero
errónea y peligrosa idea de que existe un único método para aprender a leer y una edad
determinada para realizar ese aprendizaje. Tan absurdo es proclamar que los niños y
niñas no pueden aprender a leer antes de los seis años (o de los siete, o de los cinco),
aludiendo a una pretendida madurez, o al dominio de ciertos
pre-requisitos, como decretar que todos deberán leer inexcusablemente en un
mismo curso escolar. Afirmaciones de esta tipo son poco respetuosas con la diversidad a
que se ha aludido y muestran escasa familiaridad con los conocimientos aportados por la
investigación realizada en los últimos años.
Es evidente que la lectura tiene un espacio en la educación infantil, espacio que no
se restringe al a enseñanza de las correspondencias entre sonidos y letras. En la etapa,
lo fundamental es que los niños disfruten del a lectura, se familiaricen con ella y
quieran leer por su cuenta; que sientan confianza en sus propias posibilidades y en las
ayudas que reciben para aprender a lo largo de un proceso dilatado y personal.
Dado que cada uno es diferente, el ritmo y las ayudas también lo serán: algunos las
necesitarán para interesarse por los libros y las historias; otros, para encontrar
respuestas a sus interrogantes (aquí, ¿qué pone?); algunos querrán leer y
escribir enseguida, otros se mostrarán más remisos hasta sentirse seguros. Una postura
como la descrita, basada en el hecho a la diversidad, es incompatible con otras que
establecen edades fijas para leer, o una clara distinción entre lector y no lector, y que
conducen inevitablemente a la homogenización (de métodos, de exigencias, de períodos).
Por este camino no se soluciona ninguno de las problemas que tenemos en relación a la
formación lectora de los niños y jóvenes; es más, previsiblemente se crearán otros
nuevos entre los que no hay que excluir una precoz e injustificable clasificación
entre los que saben y no saben- y es posible que asistamos a una
involución en las prácticas de enseñanza en educación infantil y en los supuestos en
que se apoyan. Contribuir a la formación de lectores y escritores, lo que seguramente
pretende la ministra, requiere una auténtica política de fomento de la lectura, que
garantice la igualdad de oportunidades. Una política cuyas intervenciones dirigidas a los
centros (impulsión de las bibliotecas escolares, formación de docentes, asesores,
inspectores y dotación de recursos) se complementen con medidas de carácter más amplio
(programas de intervención en familias, medios de comunicación, redes de bibliotecas,
uso delas nuevas tecnologías de la información e implicación de la comunidad en la
formación de sus miembros). Una política que haga de la escuela infantil lugar de
encuentro de las niñas y niños con el placer de la lectura y que evite que ninguno se
sienta excluido de ella.
Isabel Solé es profesora del departamento de Psicología Evolutiva y de la
Educación de la Universidad de Barcelona.
EL PAÍS, 06/02/2001
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