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Leña al mono
Arturo Pérez-Reverte
Llevo
tiempo dándole caña a la pérfida Albión, a ver si mi vecino Marías se mosquea, y
mañana en la batalla piensa en mí, y me reta a duelo, pero no hay manera. De modo que,
inasequible al desaliento, vuelvo a la carga. Y hoy nos vamos al cole. En enero, hartos
los profesores de Su Majestad de que los alumnos violentos los tomen por el chichi de la
Bernarda, el Parlamento británico votará un proyecto de ley para reintroducir el castigo
corporal en las escuelas. Castigo que, si no me fallan la memoria y el recorte de
periódico donde lo he leído, se abolió en Europa en 1986. el recorte me lo manda mi
amigo Paco, antiguo compañero de estudios a quien expulsaron de los Maristas con quince
años el mismo curso que a mi hermano y a mí. Paco, que es un tipo gordito y pacífico,
con bigote, dirige un colegio en un barrio difícil, y cada vez que llama un alumno a su
despacho, lo primero que hace es ponerlo contra la pared y cachearlo para quitarle la
navaja. Y en casos especiales, suele llamar a otro profesos y, mientras uno sujeta al
mozo, el otro le sacude un par de puñetazos en el estómago. Paco, que lleva veinte años
en la docencia, dice que, al menos en su barrio y con cierto tipo de alumnos, el método
es mano de santo. Y todavía no se le ha quejado ningún padre.
La cuestión. Claro, es que cuando uno habla de
castigos corporales se imagina a un tierno niñito indefenso y a aun desaforado maestro
volcando en él, de modo salvaje, sus frustraciones por no ser catedrático en Salamanca.
Pero, en realidad, la cosa suele discurrir más bien por la lucha diaria entre la
autoridad docente tradicional y jóvenes malas bestias radicalizados por una sociedad a la
que se le fue la olla hace tiempo. Cuando a un crío se le sirve todos los días la dosis
apropiada de dibujos animados japoneses, se adereza con un poco de Chuck Norris y otros
expertos en artes del retraso mental, y además se le plantea por modelo de sociedad la
encarnada por Jé-Jé Teníamos un Problema, Ronaldo, Santa Isabel Gemio y Rappel, uno
termina teniendo los hijos -de puta- que se merece.
El problema, supongo, está en el exceso. A mí me parece
bien que a un niño que le dice a la directora "tu te callas, vacaburra" o le
menta los muertos al profesor de Educación Física, o deja en coma a un compañero de una
paliza, se le dé una colleja. Eso, claro, si está en edad para no devolverla. En cuanto
a recibirla en la época adecuada, al arriba firmante le dieron unas cuantas, y no
conservo de ellas especiales traumas. Ni siquiera cuando a la Ballena Alegre se le fue la
mano y me sacudió a traición en clase de Geografía, y telefoneé a mi tío Antonio, y
mi tío, que era marino mercante y acababa de desembarcar con ganas de juerga, se fue al
colegio y quiso romperla la cara al agresor. Pero a lo que iba. No se puede tolerar, les
decía, que un niño se convierta en un monstruito impune, porque al final crece en
impunidad y en años y estatura y mala leche, y se convierte, invariablemente, en un
adulto impune y peligroso. La cuestión radica en cómo controlas la colleja. En quién
vela por la aplicación equitativa del castigo para que estén ausentes el sadismo, la
injusticia o la desmesura. Y para no encontrarte al día siguiente en el pasillo con un
padre dispuesto a romperte la cara.
El asunto es peliagudo, y me alegro de no tener que ser
yo quien lo resuelva. Así, desde fuera, creo que a edades tempranas, la colleja blanda,
simbólica, ejercida por un profesor respetado y que goza de la confianza de los padres
del enano, sigue teniendo efectos saludables. Lo que pasa es que, tal y como están las
cosas, ya me contarán quién se atreve a eso, arriesgándose a salir al día siguiente en
los periódicos en plan carnicero sin piedad. En cualquier caso, la expulsión temporal o
definitiva del alumno me parece la mejor solución, siempre y cuando no caigamos en la
gilipollez de los gringos con el besito en el cole y el acoso sexual, y a dos críos que
se peleen en el recreo terminemos aplicándoles la ley antiterrorista. En cuanto a los
ingleses de Inglaterra, si están dispuestos a resucitar el vergajo y el bájese los
pantalones, Flanagan, allá ellos. A fin de cuentas, y en mi línea de xenofobia habitual,
antes de que se hagan grandes y rubios y asolen Europa con sus equipos de fútbol ciegos
de cerveza y apaleando a la gente, me place que alguien les aplique, a domicilio, algo de
estiba. Así que, por mí, que les vayan dando.
El Semanal, 8.12.1996
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