|
Bajo el signo de la historia
JUAN PABLO FUSI
"El hombre -escribió Ortega en más de una ocasión (por ejemplo, en las
conferencias y ensayos inéditos recogidos en Sobre la razón histórica, 1979) - es el
hombre paleolítico, pero es también la Marquise de Pompadour, es Gengis Khan y Stephan
George, es Pericles y es Charles Chaplin". "El hombre pasa y atraviesa
-añadía- por todas esas formas de ser; peregrino del ser las va siendo y des-siendo, es
decir, las va viviendo. El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque
historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y
cambio". Se puede ser, si se quiere, menos enfático, pero no más claro o más
certero. Resulta, pues, que para saber lo que el hombre es -y lo que importa a la
historia: para saber lo que es una nación, una comunidad, un pueblo, un territorio-, hay
ante todo que saber cómo han llegado a ser lo que son. Pueblos, naciones, Estados,
regiones (España, Francia, los Estados Unidos, Euzkadi, Cataluña
) no tendrían
así identidad esencial, permanente y unívoca. Su identidad es, en todo caso, abierta,
cambiante y evolutiva. La identidad es un proceso: España, Francia, Gran
Bretaña
son lo que han ido siendo a través de su historia.
La historia cobra así una dimensión trascendente. Desconocerla es, como subrayó el
historiador británico Raphael Samuel, como carecer de derechos civiles. No se trata, en
modo alguno, de buscar a la historia grandes misiones ejemplaristas, ni cabe ver en ella
magisterio alguno para la vida. Menos aún interesa una historia política o
patrióticamente comprometida: al historiador cabe exigirle, cuando menos, cierta
neutralidad moral en sus juicios y análisis, aunque no quepa ignorar que aquél conoce y
analiza siempre desde una determinada perspectiva.
Tal vez la única lección
esencial que quepa concluir de la historia es lo que ya vio Voltaire en su Ensayo sobre
las costumbres y el espíritu de las naciones (1757): constatar la diversidad y
multiplicidad de culturas, pueblos y costumbres; idea cargada, desde luego, de profundas
connotaciones éticas y políticas, y que para el propio Voltaire debía fundamentar un
valor cívico supremo: la tolerancia. La historia es, pues, pluralidad. Pero es también,
y por definición, la memoria de la sociedad. He ahí, así, dos tareas que no son ni
ociosas ni inútiles -bien al contrario-, ni tampoco exageradamente enfáticas: preservar
la memoria colectiva y educar en el pluralismo. Desde la perspectiva del historiador,
recuperar la memoria colectiva es una labor a la vez crítica y renovadora: supone,
sencillamente, sustituir los mitos, las leyendas, las falsedades, por conocimiento
verdadero, por explicaciones verosímiles, por afirmaciones constatables y verificables.
La historia es fundamentalmente revisionismo crítico, un antídoto contra la incredulidad
y la ignorancia, un correctivo, por decirlo en palabras de Tucídides, a "las
narraciones de los cronistas atractivas a expensas de la verdad", un antídoto, pues,
contra las distorsiones de la ideología y de la propaganda. Pero es que educar en la
pluralidad no es menos decisivo: aceptar el pluralismo -de valores, ideas, lenguas,
culturas, creencias- es el fundamento último de toda sociedad libre: "abolid el
estudio de la Historia -advertía Voltaire- y veréis probablemente un nuevo San
Bartolomé en Francia y un nuevo Cromwell en Inglaterra".
España, variable europea
Voltaire creía discernir en la historia un progreso secular del espíritu y de la
razón, el triunfo, si se quiere, de la razón ilustrada. Probablemente, eso no sea así
(y si lo es, lo es sólo muy matizadamente: basta pensar en la propia historia del siglo
XX). Por eso que, desde nuestra perspectiva, la historia nos parezca un proceso
indeterminado, dinámico y abierto, esto es, que carece de objetivo, de punto de partida y
de punto de llegada. En cualquier caso, no nos es posible creer ciegamente en la idea de
progreso. Por más que la transformación material e intelectual de la humanidad a lo
largo de los últimos siete mil años sea impresionante, por decirlo en palabras de otro
historiador británico, J.H. Plumb, que conviene recordar en momentos de máximo
pesimismo, la razón no vertebra el hilo conductor de la evolución histórica. La marcha
de la historia es, en todo caso, un proceso no lineal, discontinuo e incoherente.
Sea como sea, a la historia le
compete, como decía, mostrar cómo las cosas han llegado a ser lo que son. Así, por
ejemplo, con España. Las interpretaciones de la historia española han variado
sustancialmente en el tiempo en razón de la misma evolución del país y al hilo
también, como es lógico, del propio debate historiográfico sobre la historia española.
Estereotipos (la imagen romántica de España), crisis históricas (el desastre del 98, la
guerra civil, el franquismo) e interpretaciones historiográficas (fracaso de la
revolución burguesa, fracaso de la revolución industrial) pondrían el énfasis en el
dramatismo de determinadas manifestaciones de la vida colectiva española y producirían
una visión extremadamente crítica y pesimista de la España contemporánea: España como
problema; España país dramático; España como fracaso. Todo ello integra lo que
podríamos llamar la excepcionalidad española (como si países actualmente estables, como
Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Alemania, no hubieran conocido antes o después
en su historia crisis de violencia y dramatismo extraordinarios: guerras de religión,
guerras civiles, revoluciones, guerras coloniales, militarismo, antisemitismo, Hitler,
guerras mundiales, guerras de descolonización).
Central a aquella excepcionalidad es la tesis del no paralelismo entre España y
Europa, por decirlo en palabras de Américo Castro, cuya tesis -sin duda audaz,
provocadora y llena de aciertos innegables- hacía de España el resultado del entrecruce
de tres castas: cristianos, moros y judíos, cuya consecuencia sería la conciencia de
inseguridad en que los españoles vivirían permanentemente instalados. Pero esa tesis
-válida, con matizaciones, para un determinado periodo de la historia española, pero no
más determinante de ésta que otros, como por ejemplo, el imperio de los Austrias- no es
en modo alguno suficiente. Guerras, conquistas territoriales, violencia y usurpaciones
dinásticas fueron esenciales a la aparición de todos los regímenes y Estados europeos
-a veces, con más importancia que en los reinos peninsulares-desde la alta Edad Media
hasta los siglos XVII y aún XVIII. Cualquiera que sea la valoración que al-Ándalus nos
merezca, es obvio que, desde la romanización y la cristianización, el paralelismo entre
mucho de lo sucedido en lo que terminarían por ser España y Europa -incluso la
sincronía cronológica- resulta indiscutible, lo mismo en la evolución institucional
(feudalismo, reinos cristianos, Estado absoluto, Monarquía centralista, Estado nacional
moderno) que en la vida cultural y moral (aparición de lenguas y literaturas vernáculas,
románico, gótico, Renacimiento, Reforma y Contrarreforma, barroco, Ilustración,
liberalismo, nacionalismo).
España debe ser entendida como
una variable europea. Pensemos, por sernos más cercana, en la historia contemporánea:
con las singularidades que sean (y algo de ello se dirá en seguida), España
participaría de la tendencia hacia la homogeneización que en los distintos órdenes se
observaría en toda Europa occidental a lo largo de los dos o tres últimos siglos; pese a
pronunciamientos militares y guerras civiles, España sería, así, parte de la evolución
de las sociedades europeas hacia la industrialización, la urbanización, la codificación
del derecho, extensión social de la educación, mayores niveles de igualdad y movilidad
sociales, desarrollo de la legislación social, secularización de la vida, y
socialización de la política.
Pues bien, en el estudio de los procesos que llevaron a la actual configuración de
Estados europeos, las diferencias nacionales se explicarían en razón, primero, de
numerosas variables (bélicas, geopolíticas, económicas, religiosas, lingüísticas y
culturales) estructuradas cronológicamente a lo largo de las sucesivas fases del
desarrollo histórico desde la Alta Edad Media hasta las revoluciones nacional e
industrial de los siglos XIX y XX; y en razón, segundo, de los distintos tipos y
variantes de las respuestas políticas y jurídicas que a tales variables pudieron darse
desde las múltiples y sucesivas formas de poder creadas en cada territorio y en cada
etapa histórica. Fuese como fuese, España se fue configurando desde finales de la Edad
Media y al hilo de la Edad Moderna como un Estado y una sociedad próximos al principal
eje central de Estados y ciudades-estado europeos, pero no plenamente integrados en él,
como un imperio marítimo y ultramarino más que territorial y europeo, y con una cultura
fuertemente marcada por el espíritu de la Contrarreforma. Ello dio un Estado en buena
medida periférico respecto del capitalismo moderno, con un alto grado de centralización
administrativa pero no de integración territorial, en el que la fuerza del absolutismo
impediría la aparición de instituciones representativas antes del siglo XIX, aunque las
tuviera en la Edad Media. Sobre tal herencia operaría, ya en el siglo XIX, la doble
acción de las revoluciones nacional (construcción del Estado nacional) e industrial,
dentro de la cual afectaron de forma especial a España los siguientes factores: 1) la
sincronía entre las presiones hacia la centralización del Estado y la movilización
étnico-lingüística de algunas regiones (Cataluña, País Vasco, Galicia); 2) la débil
integración centro-periferia (España fue un país de centralismo legal pero de localismo
real); 3) el atraso económico y la lentitud en los procesos de urbanización y
secularización, y como consecuencia, bajos niveles de socialización de la política y
persistencia del clientelismo político; y 4) la localización regional (Cataluña,
Vizcaya) del crecimiento industrial, crecimiento además tardío. Esos factores, más
circunstancias históricas inmediatas -guerra de Independencia, guerra carlista-
explicarían los problemas que se plantearían en la construcción del Estado moderno: las
discontinuidades en los procesos de formación de los sistemas de partidos y la alta
frecuencia de las crisis de sistema (cambios constitucionales; ejército como instrumento
del cambio): la debilidad del poder civil, y como consecuencia, la preponderancia del
poder militar.
Ésas serían desde luego las
variantes españolas de una evolución histórica que, con todo, presentaba -hay que
insistir- paralelismos y analogías evidentes con la evolución de Europa en la época
contemporánea. La cronología, por ejemplo, de la crisis del Antiguo Régimen y de la
revolución liberal española era casi exacta a sus homólogas europeas. La Guerra de
Independencia de 1808 era parte del ciclo de revoluciones atlánticas desencadenadas por
las revoluciones americana y francesa. La restauración de Fernando VII en 1814 coincidió
con la restauración borbónica en Francia. La revolución de 1820 fue un hecho que
afectó a España, Nápoles, Portugal, Francia, Piamonte, los Balcanes y Rusia. La crisis
española de 1833 (muerte de Fernando VII, guerra carlista) fue paralela a la revolución
francesa de 1830, a la independencia de Bélgica y a la reforma británica de 1832. La
revolución española de 1868 se correspondió con la onda de mutaciones que se produjeron
en muchos países en torno a 1870.
La crisis española del 98 tuvo connotaciones parecidas -al menos en el ámbito
intelectual- a las que se produjeron en Francia tras la derrota de Sedán (1871), en
Italia tras Adua (1896), en Portugal tras la crisis del "ultimatum" (1890), en
Rusia tras la derrota en la guerra con Japón (1905). El anticlericalismo español no fue
muy distinto de los problemas surgidos en las relaciones Iglesia-Estado en Francia durante
la III República, de las tensiones creadas por la política de Crispi en Italia o de la
Kulturkampf alemana. La aparición de los movimientos obreros, los períodos de agitación
huelguística y la aprobación de la legislación laboral se produjeron, con distinta
intensidad, pero de forma casi simultánea en toda Europa. La dictadura de Primo de Rivera
(1923) distó mucho de ser excepcional: el historiador francés E. Halévy diría por
entonces (1926) que toda Europa había entrado en la era de las tiranías, como parecían
revelar los casos de Rusia (1917), Italia (1922), Portugal y Polonia (1926), Alemania
(1933), Grecia (1936) y aun otros. El mismo régimen de Franco fue el equivalente español
-por supuesto, debido a causas españolas-de los otros regímenes fascistas europeos.
Todos fueron específicos; pero el fascismo tuvo características comunes y fue además un
fenómeno propio de una determinada época, el período de entreguerras.
En suma, lo que Croce llamó vida moral -esto es, mentalidades, estructuras de la vida
familiar, religiosidad, valores, creencias- tuvo estructuras parecidas en Europa desde la
Edad Media. Como mostró el historiador E.R. Curtius, existió una literatura de Europa
desde la Edad Media: el pensamiento estético, filosófico e histórico que alentaba
detrás de aquella tenía orígenes y pautas comunes. Pues bien; basta ver la literatura,
la arquitectura, la pintura españolas para comprender que España fue siempre parte de
esa civilización europea: a veces, central (siglos XVI o XVII); a veces, discreta (siglo
XVIII); a veces, marginal (siglo XIX). Del siglo XX el propio Curtius dijo que el
despertar de la cultura española desde 1900 (se refería a Unamuno y Ortega
principalmente) era una de las sorpresas agradables de todo el siglo.
España: nación, nacionalismos
Permítaseme que me detenga en una cuestión. Como en parte ha quedado dicho, un
problema en esa historia española terminaría por hacerse especialmente trascendente,
sobre todo en el siglo XX: la propia articulación de España como nación. Cataluña fue
el principal problema del país entre 1900 y 1936; el País Vasco lo sería -en razón
sobre todo del terrorismo de ETA- desde 1975. El problema regional gravitaría sobre la
política nacional desde 1900. La II República admitió la autonomía de las regiones y
posibilitó que Cataluña en 1932 y el País Vasco en 1936 la obtuvieran. La Constitución
de 1978 creó un Estado autonómico basado en el derecho a la autonomía de nacionalidades
y regiones. Al hilo de la construcción de ese nuevo tipo de Estado, el concepto y la idea
de España como nación histórica aparecerían seriamente cuestionados, sustituidos por
una nueva interpretación en que España se identificaría como un mero Estado (o
administración) central, y su realidad histórica parecería disolverse en beneficio de
las entidades particulares de regiones y nacionalidades.
Pues bien, España no es una mera agregación de sus regiones y nacionalidades. Al
contrario, España es, desde hace siglos, una nación, aunque haya sido muchas veces una
nación problemática y -como decía, y enseguida vuelvo a ello- mal vertebrada, aunque en
ella coexistan junto a la realidad española acusadas realidades territoriales
particulares, y aunque en ella convivan, con la cultura común, culturas y lenguas
privativas de nacionalidades y regiones. La herencia histórica española es una herencia
plural: particularidades lingüísticas, culturales e institucionales crearon en algunos
territorios -más señaladamente en Cataluña, País Vasco y Galicia, pero no desde
siempre y no siempre con la misma intensidad- identidades separadas (no siempre ni
necesariamente traducidas en nacionalismos políticos, pero en cualquier caso fundamento
último de las aspiraciones nacionales o nacionalistas de Cataluña, País Vasco y
Galicia).
Pero la identidad española no es por ello menos acusada. España fue, con Francia e
Inglaterra, una de las primeras entidades nacionales de Europa. En el caso español, la
integración de los distintos reinos peninsulares -que pudo ciertamente no haber
ocurrido-estaba además en la lógica de mucho de lo acontecido en la Península desde los
siglos XI-XIII -si no, antes- hasta la unión de Castilla y Aragón en 1469. Sin duda,
aquello que pronto, en el XVI, empezó a ser conocido en y desde Europa como
"monarquía de España", "monarquía española", "monarquía
hispánica" y expresiones similares, respetó las instituciones y organismos propios
y distintos de las Coronas que la integraron (Castilla, Aragón y desde 1512, Navarra); y
respetó igualmente las formas institucionales y administrativas que, a su vez, regían
con mayor o menor vigencia y amplitud en los viejos territorios y regiones integradas o en
Castilla o en Aragón (por ejemplo, los Fueros vascos, los valencianos, las instituciones
aragonesas, etcétera). Los mismos Reyes Católicos se titulaban "rey e reyna de
Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de
Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los
Algarbes, de Algecira e de Gibraltar e de Guipúzcoa, conde e condesa de Barcelona, e
señores de Vizcaya e de Molina", además de otros títulos referentes a condados,
ducados y marquesados de enclaves y territorios no hispánicos. Pero la Monarquía
española surgida en aquel reinado fue también sin duda mucho más que una irreversible y
frágil unión dinástica. Cristalizó muy pronto (si es que no nació como tal, al menos
en la visión de Isabel, Fernando y de sus colaboradores más cercanos) como un proyecto
en común. Lo que tuvo muy poco de excepcional o insólito, aunque así lo presentaran
durante tiempo versiones interesadas y abusivamente enfáticas de nuestra historia.
Procesos similares, con las diferencias que se quiera, operaban simultáneamente en otros
puntos y reinos de Europa: hacia 1500, los pasos esenciales para la constitución de
Francia e Inglaterra, además de España, como naciones y Estados integrados ya se habían
dado, aunque aún tendría que transcurrir mucho tiempo -en los tres casos citados- para
que cristalizasen los Estados nacionales unitarios y los sentimientos de nacionalidad
modernos.
La personalidad española, la idea de España, nació y se fraguó de lo mucho que en
su historia hubo de herencia compartida por sus distintos territorios, como el Poder Real,
numerosas instituciones del Estado, sistemas administrativos y fiscales, guerras,
religión, derecho, lengua, literatura; nació de la continuidad secular, por lo menos
desde principios del siglo XVI, de su comunidad institucional y aun social.
Fue justamente al hilo de la transformación de la vieja monarquía hispánica en un
Estado nacional moderno cuando el problema de la organización territorial del Estado
terminó por hacerse evidente y con el tiempo, capital. Ya ha quedado dicho que, bajo la
Monarquía hispánica, centralización administrativa no fue sinónimo de integración
territorial; y que en el XIX, la integración centro-periferia fue débil. Más aún, a
pesar de las tendencias centralistas que inspiraron la formación del Estado español
desde el siglo XVIII, la unidad social española fue débil hasta que determinados cambios
y transformaciones (integración de mercados, migraciones internas, carreteras,
ferrocarriles, telégrafos, prensa de masas, educación primaria, servicio militar
obligatorio) se combinaron para desarrollar un sistema nacional cohesivo, lo que no
empezó a ocurrir de forma decidida hasta avanzado el siglo XIX. Incluso en las primeras
décadas del siglo XX, España era como una red social de regiones y comarcas aún mal
integradas, con una fuerte fragmentación social y económica de su territorio. El siglo
XIX vio no sólo el nacimiento del moderno concepto de España como nación, sino que vio
además, en 1833, el nacimiento de la provincia como unidad básica de la administración
territorial del país. El centralismo administrativo fue incluso hasta cierto punto
engañoso. La división provincial propició una provincialización de facto de la vida
social: la gradual uniformización cultural de España convivió siempre con la existencia
de formas de vida y costumbres diferenciadas en las distintas regiones, provincias y
pueblos.
El Estado español del siglo XIX fue, en otras palabras, un Estado pequeño e
ineficiente, lo que en parte explicaría la debilidad, ya aludida, del nacionalismo
español como fuerza de cohesión social. El localismo continuó dominando la vida social
española hasta entrado el siglo XX. La provincia, la región, no la nación, fueron el
centro de la vida social hasta tarde. Todavía en 1930, Ortega y Gasset escribía (en La
redención de las provincias) que España era "pura provincia".
En síntesis: a) no hubo nacionalismo doctrinal español en el siglo XIX: hubo sólo
nacionalismo sentimental, común a las diferentes ideologías y partidos políticos, pero
débil como fuerza de cohesión social; b) los nacionalismos periféricos no fueron en
origen una reacción de las regiones contra el centralismo del Estado (porque éste era
pequeño e ineficiente: inexistente, de hecho, en muchas regiones). Esos nacionalismos no
fueron artificiales: su fundamento último (y ello es evidente en los casos catalán,
vasco y gallego) radicó en la existencia en determinadas regiones -las citadas- de
elementos lingüísticos, históricos, etnográficos e institucionales, particulares y
propios de ellas.
Dos hechos, así, se nos antojan igualmente innegables: España, una de las primeras
entidades nacionales de Europa; cristalización en su interior (antes o después) de
sentimientos de identidad particulares, lenguas propias (además de la común) e
instituciones territoriales privativas. Que el nacionalismo español y los nacionalismos
particularistas deformaran y aún deformen nuestro pasado, no tiene nada de sorprendente:
ya dijo Renan hace más de un siglo que todo nacionalismo falsea su propia historia. La
historia, esa historia que queremos que forme parte de nuestra educación cívica, es
justamente lo contrario: aspira precisamente a entender las cosas, no a falsearlas. Eso es
lo que yo entiendo, como decía más arriba, por revisionismo crítico.
En suma, España -sus instituciones, su cultura, sus leyes, su organización social y
familiar, las formas de la vida civil y religiosa- se entendería mejor como una variable
europea, cuya historia muestra un proceso abierto, inestable y no predeterminado, que en
cada etapa histórica tuvo distintas posibilidades, en el que identidad nacional y las
formas del Estado y de la política fueron evolucionando sustancialmente a lo largo del
tiempo, y donde los hechos (unión de Castilla y Aragón, imperio de los Austrias, crisis
del Antiguo Régimen, pronunciamientos militares, guerras civiles
) siempre pudieron
haber sido de otra manera.
La vida histórica
De hecho, la historia siempre ha podido ser de otra forma; es esencial a una educación
que quiera devolvernos el sentido de nuestras responsabilidades -políticas, morales,
civiles- ante la vida, entender que la historia no está predeterminada, que nada de lo
que ha ocurrido tuvo que ocurrir necesaria e inevitablemente (lo mismo se hable del fin de
Cartago, de la conversión de Persia al Islam, del uso de esclavos negros para la
explotación del azúcar, del tabaco y del algodón, que de la construcción de la Capilla
Sixtina, del Holocausto, del golpe de Primo de Rivera en 1923 o de la aparición de ETA en
1959). En el prólogo al volumen II de su inteligente y amena Historia de Europa que
publicó en 1935, el historiador británico H.A.L. Fisher escribió: "un placer
intelectual me ha sido negado. Hombres más inteligentes y cultos que yo han discernido en
la historia una trama, un ritmo, una lógica predeterminada. Tales armonías se me
ocultan. Sólo soy capaz de ver que un hecho sigue a otro, como una ola sigue a otra
ola
hechos únicos, respecto de los que no puede haber generalizaciones, y sobre los
que sólo hay una regla segura para el historiador: que debe reconocer en el desarrollo
del destino humano la mano de lo contingente y de lo imprevisto."
La vida histórica, en efecto, responde a una multiplicidad de factores y razones: a
condicionamientos del clima y de la geografía, al impacto de la demografía y de los
cambios generacionales, a las necesidades de la vida material y cotidiana, a la evolución
de la organización y las formas del trabajo, a hechos y procesos de larga duración a
veces ajenos a la voluntad e intención autónoma de los hombres; pero también, y sobre
todo, al peso de ideas, creencias, mitos, leyendas, tradiciones y religiones, a la
influencia del gobierno y de la política, a las ambiciones e intereses de
individualidades, minorías y grupos sociales, a la acción de pasiones irracionales que a
menudo se apoderan del comportamiento colectivo (la xenofobia, el racismo, el
nacionalismo, el fanatismo religioso
), a los descubrimientos científicos e
innovaciones tecnológicas con que los hombres responden a los desafíos de la naturaleza.
La historia responde no a un destino ciego e inexorable (como venía a decir Tolstoi en su
conocido epílogo a Guerra y paz, la novela más memorable para todo historiador) sino a
la virtud, inteligencia y sabiduría de los hombres -como decía Ranke- y por supuesto,
añadamos de inmediato, a la perversidad, estupidez e ignorancia de esos mismos hombres.
De ahí que piense que los individuos, la cultura (ideas, vida intelectual) y la moral
son los factores fundamentales de la historia y de su evolución, y que así debe
recogerlo la educación histórica. Todo hecho histórico, incluso la acción histórica
de grupos, clases, muchedumbres, masas y élites, requiere algún nivel, por mínimo que
sea, de organización articulada a través de decisiones y actos individuales. Muchos
conceptos colectivos ("pueblo", "aristocracia", "judíos",
"españoles", "masas", "burguesía" y similares) no son,
además, sino abstracciones útiles: se componen de innumerables biografías, esto es, de
innumerables realidades, proyectos y vocaciones individuales y distintos. A eso se
refería Dilthey cuando decía que la biografía exponía "el hecho histórico
fundamental de una manera pura, completa, en su realidad". La biografía le
parecía la expresión esencial de la realidad radical que es la vida. Sin llegar tan
lejos, pensemos cuando menos que el individuo constituye el sujeto de la acción
histórica y de la vida social.
La historia -que requiere rigor
analítico, documentación exhaustiva, conceptualización precisa y narrativa inteligente-
tiene, pues, poco que ver con erudición banal, anecdotarios retrospectivos, coleccionismo
documental y curiosidades de anticuario: por lo que decía al principio, es una necesidad
social (porque la realidad es histórica). Exijamos, pues, una historia útil, crítica,
rigurosa, actual; moralmente neutra y políticamente desinteresada, pero metida de hoz y
coz en los debates que dan sentido a la vida intelectual y nos explican la realidad en que
vivimos.
|