Opinión

«Nos, el obispo...» (o «con la música a otra parte»)

Miguel Ángel Ropero Sáez. Miembro de la ejecutiva del Partido Riojano.

La IV Semana de Música Antigua se celebrará en el Auditorio. La Diócesis no ha cedido este año las Iglesias para celebrar los conciertos. (Diario La Rioja - 04/09/2002). Todos los agostos se nos sirve a los riojanos, por duplicado, la imagen de un príncipe de la Iglesia y un presidente autonómico platicando serios y circunspectos. Luego a la prensa le cuentan que han estado hablando de la salud del Papa. La verdad es muy otra. Están debatiendo sobre el momento más delicado que ha vivido la Iglesia desde que el padre Apeles ingresó en el Seminario. Tomen ustedes nota: A día de hoy está prácticamente demostrado, según parece, que un solo de violonchelo, por ejemplo, transido de melancolía y ejecutado en la cabecera de cualquier templo por una estudiante de último curso de Conservatorio -un suponer-, puede llegar a socavar los cimientos mismos de la estructura vaticana ¡Y ellos lo saben!

Esa es la razón, señor obispo, de que vuestra Ilustrísima hayáis tenido que resucitar de golpe el plural mayestático, tan en desuso, para resolver definitivamente el arduo problema de las músicas profanas en el interior de las iglesias. Y ello gracias a un canon; un arcano y olvidado canon, que habéis pillado sorpresivamente en el fondo de vuestra mitral chistera y ¡Voila! Asunto resuelto. La música coral, la música culta, la música que forma parte de nuestro acervo histórico patrimonial dejará de sonar dentro de los templos (salvo en aquellos casos en los que a vos os dé la episcopal gana). Habéis conseguido, Monseñor, mandarnos con la música a otra parte y habéis zanjado además el problema de manera contundente; (a «canonazos», diríamos).

Hago sucinta historia de los hechos -sin duda censurables- que dan sentido y razón a vuestro ¡Basta ya! inapelable. En el arranque de los años ochenta libertad y cultura se buscaban y se gustaban. La recién estrenada aconfesionalidad del Estado (eso que hoy sabemos que ya no existe) favorecía el encuentro de ambas. A veces hallaban acomodo para su expresión musical más cultivada en el espiritual recogimiento de los templos. La tradición hospitalaria de los últimos curas progres había dejado su inercia y su huella. Así ocurrió, por ejemplo, que en 1.98O y bajo la batuta del maestro Ros Marbá, la Orquesta Nacional inundó la inmensa bóveda de Santiago el Real con las músicas sublimes de Mozart y de Sibelius. Llenazo sin precedentes en el templo y eclosión de emociones estéticas y espirituales no registradas en las viejas liturgias. Luego fueron infinitos los conciertos de agrupaciones corales, de orquestas de plectro, de formaciones de música antigua ...hasta de orquestas sinfónicas. Incluso una ópera rescatada del olvido tuvo su estreno mundial en la Catedral de Calahorra (¿Os acordáis, monseñor?) Podría creerse que las mejores músicas habían hallado su ámbito natural en los viejos, suntuosos, recoletos, maravillosos templos. Llegó a ser por momentos fascinante el encuentro entre los grandes retablos riojanos y las mas bellas músicas. Hasta que vuestra Ilustrísima nos ha recordado que este es un valle de lágrimas y de frustraciones varias ¡Como debe ser!

Poco importa que desde el inicio de esos años ochenta se hayan venido incorporando felizmente a los presupuestos de la Consejería de Cultura de nuestra Autonomía (integrada -insisto- en un Estado que se define aconfesional) distintas partidas anuales destinadas a financiar la restauración del patrimonio eclesiástico, expresado en diversos grupos de bienes. De nada vale citar que el montante económico de esas partidas en dinero de ahora mismo ascendería, trasladado a pesetas, a una cifra no inferior a los doce mil millones . Es irrelevante mencionar que el resto de bienes culturales--baluartes y murallas, puentes, arquitectura civil, arqueología, etnografía etc...- nunca han conseguido invertir la tendencia de las prioridades presupuestarias, inclinadas pertinazmente en favor del patrimonio eclesiástico, cualquiera que fuera el color político del interlocutor civil. Apenas parece importaros que esta reeditada expulsión del templo, (no precisamente de los mercaderes, sino de los artistas), proyecta perplejidad, frustración y un cierto resentimiento entre los amantes de la música, que no alcanzan a discernir donde se agazapa la incompatibilidad entre música culta e Iglesia. Así las cosas, hay quien no entiende el acatamiento sumiso del actual poder político en La Rioja hacia vuestra unilateral «voluntas». Su nula exigencia de contraprestación alguna en compensación por el altísimo costo que la tutela del patrimonio histórico eclesial ocasiona al contribuyente, sea creyente o no lo sea. Quizá convenga aquí recordar que son muchos, cada vez más, los que no tienen claro a quién debe corresponder la titularidad última de los bienes de interés cultural administrados por la Iglesia. A pesar de todo ello ... -« Nos, el Ordinario del lugar, ordenamos.»- Así de sencillo. Resucitando la vieja «Auctoritas»; como es debido. Con ese fino toque de arbitrariedad que trasforma el poder en poderío. ¡Es fantástico! ¡Qué firmeza en las propias convicciones! ¡Qué seguridad en el servilismo y la mansedumbre de los interlocutores políticos de ahora mismo!

Entremos en cualquier templo. Si forzamos la vista podremos descubrir en los pliegues y fisuras de su remozado retablo flecos de notas musicales ya usadas, descubriremos en las columnas salomónicas restos de algún solo de violín enroscados a su fuste, un banco de altar salpicado con los sordos ecos del contrabajo, una predela recorrida por ráfagas fragmentarias de flauta travesera... Y cuando acostumbremos la vista a la penumbra percibiremos que algunos de los destellos dorados que titilan en los pisos superiores no son efectos de la luz sobre los panes de oro sino los restos persistentes de vibrantes agudos de trompeta y de trombón de varas que en su día estallaron en el pecho mismo del retablo. Ese confeti leve y traslúcido (que apenas entrevemos) que desciende como nieve fina desde el alto Calvario que corona el retablo, es el residuo de un aria inolvidable que un día se elevó hasta la clave misma de la bóveda. Tristeza por doquier y añoranza a raudales.

Únicamente a los pies del templo el anciano órgano barroco se relame de gusto. Tras veinte años de roerse los tubos de envidia ante el auge imparable del retablo, llega por fin su momento de gloria. Recupera su vieja condición de instrumento rey, su protagonismo, su cosa... El viejo órgano, tridentino, enfático, hagiográfico y pomposo, (y ya sin sufrir competencia de intrusos), tornará a ejecutar su gastado y cansino catálogo de salmos. himnos y motetes. Tornará a maquillar en solemnidad envolvente, en pirotecnia de sonidos, la mediocridad de muchas de sus músicas de repertorio.

Ningún instrumento, por tanto, como el agradecido órgano para exaltar en total trompetería los plurales mayestáticos rescatados del pasado. Algo que sirva para poner acompañamiento musical a esta idea -"Parte de lo tuyo es nuestro. Todo lo nuestro es ... nuestro también"- No está mal para volver a empezar.

Restablecido el buen orden ¿Volverán a sonreír, tranquilizados al fin, su Eminencia y su Excelencia en la foto de su encuentro del próximo agosto?

En cuanto a nosotros, los de a pie ¿Nos hemos de resignar, Ilustrísima?

¿O ensayamos también por nuestra parte el plural mayestático?

«Nos, el contribuyente, exigimos...».

...o algo en ese plan... ¡Yo que sé!

 

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